martes, 11 de enero de 2011

Sus ojos que miro y me miran

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...la conocí en un blog, que es donde llegan las personas como yo a parcharse de un viso sangriento los vicios. por acuerdo afectivo, le decían Pauli, pero Strigo lo escribe con doble ee. Para qué el aullido se prolongue, Paulee. con lo que después ya no te dan ganas de marcharte ni cerca ni lejos, sólo sabes que quisieras estar allí donde la sombra de su cuerpo jamás se te pudiera extraviar. Y nos entrelazamos en ese diario pulsar. en el centro de la máscara, la locura en el cuerno del unicornio autodestructivo, las verdes nauseas: los heraldos códices de mia y los oscuros soles, como sus ojos.

…estoy claro y sin ninguna excepción, que esa mujer es lo mejor que se le hubo ocurrido gestar a la naturaleza, desde que el flacuchento Strigo la miró y exclamó:

-¡pucha sí que es bella!

y no solo era la gracia ke había encontrado a sus ojos, realmente había algo excepcional en ella: ante todo sus ojos. eran como luciérnagas con la barriga reventada de ascuas negras relampagueando chispazos, ardían al simple vistazo y mordían el horizonte con la ampulosidad de quien intuye cómo todo el planeta le pertenece.

demasiado vivaces e iridiscentes, casi intolerables. limpiaban el camino que la mujer pisaba y lo decoraban con los sueños de siempre, los que, ya se sabe, conducen al mago de Oz, que con su magia los reedita una y otra vez.

imagino que sí te le cruzas enfrente, (sin poder remediarlo), los dedos se te arquean como engarzados al portal de las cejas perfectas, y era seguro que el hueco posmoderno de la felicidad se tambaleara estremecido, de corazón o tripa, fusilado por el ángel de la guarda, roto el cupido. su sentido sonrojo se siente arder en el libre vuelo de su ser. las caderas eran redomas de alquimia, bruñidas con la intimidad robada de algún dios. a punto de invento, la boca de labios carmesíes redescubría para uno la rueda, el astrolabio y el facón. Los senos insinuados, debajo del inmaculado escote, se me antojan abundantísimos, que ya de por sí, solo eso, es un atropello suelto que te deja sin resuello.

sí le leías, ahí nomás te caía el latigazo de un crepuscular tango al espíritu. mas si te hablaba, te picaba una cosa aquí en la oreja izquierda, junto con un murmullo siseante, medio tenebroso, un pétalo de rosa negra para degustar en la tumba, mientras te chupás un sorbo de sangre de la eternidad. ¿decirle adiós? no importa ke criatura fueras o te creyeras, ya estabas perdido.

lo primero que te enganchaba era su boca y lo que de ella salía: un delicado filamento rojo de marías llenas de gracias mezclado con hojas de afeitar y alguna palabra sucia y gruesa. excitante. in-rotulable. las palabras te iban preparando con algo de frágil y salvaje, así como cuando a la gacela le asalta el olor de la depredación que de noche la merodea.

sí, eso. celadas de ansiedad y sed de sangre, las palabras de Paulee te merodean. te alertan, enchufan la bujía del sexto sentido. y naturalmente si no captas el sentido te ponés muy nervioso. allí, en el bosque sombreado de su piel hermosa, allí cargaba cada palabra de múltiples sentidos. sus palabras. frutos febrilmente descolgados, de una muy sureal oscuridad invisible.

después se callaba un minuto o varios. el dolor de su cuerpo parecía cronometrar el pulso de toda la primavera y, en cuestión de segundos, allí te tocaba la puerta un vértigo. adrenalina arrimándome el grito aullante. sólo entonces se ponía a escucharte. escuchar. ella maneja con habilidad el precario arte de escuchar, aunque a veces lo hace con alevosía, ventaja y premeditación al dejarte sentir su inspiración.

el primer momento en que te escucha es el mágico, el onírico que te transporta a sus túneles. después todos son cortes finos y rebanes precisos. uno se siente como sable de samurai de cientos de años de tradición que por fin es templado en el más puro ritual. Todo eso traen los sonidos del silencio de Paulee.

poco falta para lo que sigue: la sonrisa. puñalada en mitad de la cuerda floja. traspié al filo del acantilado. sonreía. sonreía espantando el bocio de la amargura. sonreía en la frontera de mi reinado, sacudiéndose con ello mis propios dardos. su dentadura es la púa en la carne que nunca sale. inútil querer evadir su esplendor. una no nace para estas cosas, a decir verdad. una no aguanta como si nada el enrarecimiento atmosférico que produce ese deslumbre.

uno se muere factótum o no se muere. claro, le retrucás con tu sonrisa a medio machucar diciéndole, con una felicidad desnuda… por favor caváme la fosa / un poco más hondo / donde quepamos los dos.

hasta que llega la primera caricia. dedos rozados por el teclado a la suerte de un gesto de ternura apasionada sembrado hacía siglos en su mismísimo útero doliente. destino insujetable. travesura original. reticencia de arena al pie del árbol del Bien y del Mal. ella palpa sus labios y dispara, esa es la yema del índice derecho de Paulee tocando la yema de mi índice izquierdo. fruto degustado al unísono, como manzana mordida a la velocidad de un arcángel. en ese minuto siento que soy su criatura…

entonces te preguntás para qué naciste. el mesenger no responde y el blog, es sordo al ruego, hace las veces de un testigo mudo. me llevo la mano a la vergüenza, quizá espiándome, lo reconozco. y lo peor de todo: su mano continúa a la mía. La sigue. la sangre presentida discursa de otros temas a la fantasía. no te das cuenta por las garras en el cuello, pero el café cargado te grita al oído bueno: Flaco, estás cayendo al vacío. Te viene el vértigo. El tímpano se muere. En la mejilla de Paulee su mano agrega un toke mágico a sus dulces pensamientos, y por dios, basta para marearse, esa sonrisa enigmática.

con la guardia baja, Paulee te abraza. su bondad le da un cachiporrazo a mi tristeza. Los secretos de mis angustias más lentas se inutilizan. Las maldiciones personales se lavan. en el alma escampa. Así es como se descubre con todo esplendor que la curvatura del horizonte, efectivamente, es curva. como la espalda de Paulee. No te has movido un ápice. No te podés mover. Incendiado por sus trémores en los hombros y el entrepecho, descendés al mundo de las limosnas para ser un mendigo sobre un pedestal y quedarte hasta siempre. El amor va cerrando las fauces alrededor de la nuca y uno, legítimo pordiosero, le mendiga hasta la última gota en la canela de los pezones de Paulee. Sus brazos son una invitación voraz a la mitología más legendaria.

cada lágrima adivinada en mi futuro se convierte, sin más, en una maravilla de las siete emociones del apocalipsis. No corre sangre todavía, aunque en la piel la luz tajea, no se refracta ni se refleja.

para no molestarte, rebolea el cabello evitando que al descuido la oculte o te lo tragues. El cabello de Paulee, un brochazo demente pintado al fuego puro de un rayo de luz. una no huele entonces a nivea o a jazmín de supermercado, ni a placenta de cabra. una simplemente es el cabello de Paulee. Su cuerpo me abarca completo. creyéndose muy vivo o astuto, una juega a hilvanar una pregunta, sintiéndose ahí, en el brocal jaspe-marrón del cenote sagrado.

qué va. imposible. imposible porque apenas aparta la cara un poco -sin dejar de abrazarte- y ya presentís fulminante la degolladura del beso. Pero allí Paulee se aguanta y te mira desde el ojo de la cámara hasta que el habla te renquea. Ren ren renquea. Me me me me me. La mirada es el veneno intralunar. Y yo pregunto: ¿qué tormenta puede eso? ¿qué muerte? ¿qué héroe? ¿qué eco? ¿qué Revolución?

Hasta aquí, los escrúpulos, más allá las cervezas ya se han ido a brindar en la trastienda por mis sueños y sus sueños. Quedamos Paulee, yo y su pieza como el testigo silencioso de nuestras sub-dimensiones. La soledad tirita allá afuera, amenazante, dizque aguardando el turno. Le observo embobado. Y pasa un minuto. Otro minuto. Y otro. Y otro. A mi corazón que late apresurado le amenaza suceder un colapso ahí mismo.

la eternidad se toma su rato para afilarse las uñas y emparejarse los callos con el pómez de las nubes. La eternidad nunca te va de frente, con el cutis sin pintarrajear y la antropofagia muy mal disimulada. Se hace rogar hasta que aburrida, viene y de un trago te deglute. ¿Dije la eternidad? Para arriar mis banderas, con el día que sigue después de éste me basta y me sobra. Porque el abrazo de Paulee siempre, siempre, te toma todo un día o una eternidad.

el beso. No. No puedo, no. Eso no. Su respiración se acerca y yo tomo de ella la mía propia. Exhalo en el vientre mismo de la abundancia. Los libros de vampiros empiezan a rezar. Los de ficción sonríen y los de bestias infernales salmodian. No es su boca lo que va a penetrarme, es Paulee toda. Libros y libracos, quizá excomulgándonos, cierran sus ojos al mismo tiempo que yo. El cerebro se paraliza. La piel abrazada se tornasolea, muta en un número primo: indivisible excepto por uno y él mismo. Los ruidos hurgan clavos y palancas de donde sostenerse. El labio superior se observa en el espejo del otro hasta reconocerse. Es en ese momento que te emocionás como agua de montaña: pura e intolerable para tu humanidad. La abertura de la boca de Paulee es siempre exacta, precisa y suficiente. Emocionado, pues, naufragás con todo y ropas.

naufragás y a tu única botella no le cabe el papelucho pidiendo el descabellado auxilio. Desesperante enloquecimiento. Desde el cielo raso las estrellas te pican el cuerpo a como sea. Perdón, esos son los senos de Paulee. Inefable. Octubre. Sin remedio, vampiro, evanéscete… i´m sorry, i´m sorry, estás perdido.

Como he dicho antes, con el beso, no es el alma de Paulee lo que va a penetrarme. Es Paulee toda. Y ese zumbidito campanilloso que oís que repiquetea insistente no es el tañido del celular, es el techo del universo que se te avienta encima. Mi aposento se llena de fantasmas y duendes que impacientes se mofan de mí, pero en ese minuto eterno (lo digo sin mofa), qué me importan ellos. Afuera ya no hay nadie. Ningún fenómeno. Sobre la mesa de mis libros de cabecera, la soledad moribundea.

Y ese canto de ese último cantar que me envio Paulee, ese canto que parece salir desde las entrañas de Paulee es la música que la sepulta en mí. Hazme sufrir y sufro. hazme el amor y la amo. Hazme soñar y sueño. El mundo estalla. Y ese canto es una oda al amor con incesantes reverberaciones. Inevitablemente te estremeces con las letras del cantito ese. Adentro se expande. Ya en lo profundo, la fuerza brutal de su resonancia. Adentro, adentro mío, Paulee toda, como ella sola. Con algo excepcional para strigo: su sonrisa y sus ojos que miro y me miran.

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3 comentarios:

Jorge Luis dijo...

que oscuro pero lirico escrito
un abrazo

MAR dijo...

BRAVO!!!!!!!!!!!!!!!!
Una preciosidad!!!!!!!!!!!
Besos para ti....eternos.
mar

+ABADDONA+ dijo...

A veces oigo voces que me llaman en el silencio, no se si es mi mente o son los ecos de strigo suplicando mi venida... y en su justa medida los sonidos se mueven en sus distintas formas de manera que se acomodan para formar los codigos exactos... y aqui estoy sin la cara sonriente, pero estoy... mi silencio aun es el mismo y guarda quiza menos secretos... soy lo que soy... y no lo puedo cambiar...

un saludo y un abrazo mi amigo que aqui estamos otra vez...